Navegando entre los días, una vez, encontré una isla. En ella la vida era tranquila, como una mañana de primavera, fría pero reconfortante cuando recibes los rayos del sol, nadie corría de un lado a otro ni tenia preocupaciones. A decir verdad no había nadie en ella.
Tras varios días en la isla, sentía la imperiosa necesidad de salir, pero cuando esto ocurría la tormenta se avecinaba sobre mi cabeza, agitando el mar como una lavadora furiosa. Pensé que tal vez no necesitaría salir de allí nunca, veía tan frustradas mis intentonas, que había perdido ya toda esperanza, y con el fin de no amargar la existencia en aquel lugar preciosamente interno.
Ya casi había olvidado el mundo real, cuando alguien aparece por allí, rápidamente inspecciona cada resquicio. Mas tarde nos conocimos, hicimos cantidad de cosas, rodar por el suelo, cantar metáforas de los sentidos, volar a universos desconocidos, recorrer caminos de la isla que aun no habían sido explorados (La mayoría bajo tierra) y un día sin más, desapareció. Desconozco como y el porque pero me quede solo de nuevo. Entonces las ganas de salir volvieron a renacer, como los bulbos al año siguiente. Una flor acampanada color gris humo y rojo entrañas al aire, surgió de mi cabeza como una equidistancia entre lo bueno y lo supuestamente malo.
Al dormir aquel día me desperté en la cama, los ojos me lloraban y la boca me ardía.
Algún día serás Dios y nadie escuchara tus palabras, retorcidas y aburridas

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