El martes pasado asistí a un espectáculo digno de una descripción detallada. Me dirigía a un notario situado en la avenida diagonal, con la intención de firmar unos papeles en representación de otras personas. El espectáculo en si estaba dentro de la oficina. Como siempre parece ser, estos sitios se encuentran en edificios de aspecto viejo en su interior, ascensores de rejas, escaleras angostas y puertas y techos altísimos.
La puerta se abría al empujarla, en el interior una señora de unos cuarenta años hablaba por un micro con cascos que tenía adherido a su cabeza para toda la jornada, al otro lado de la habitación una chica de constitución bastante ligera y rasgos cadavéricos, que señalaban su edad, ojeaba una revista de moda. Tras quince o veinte minutos de espera y un par de presentaciones rápidas empezó a entrar gente, en su mayoría ejecutivos y gente de oficinas.
Luego llego mi turno, me hicieron una presentación de una parte, una explicación de otra parte y cinco minutos después nos reunimos estas dos partes con un apoderado y el propio notario. Tras leer y certificar que todos los datos eran correctos, me toco firmar lo que seguramente seria lo más parecido a una aceptación de condena a muerte (48 caras de contrato).
Al término de esto me toco aguardar unos momentos más para recibir mi copia del susodicho envenenamiento legal. Aquí fue cuando ocurrió una de las cosas que mas me llamo la atención de todo esto. Una señora venia pidiendo el testamente de su padre y madre muertos ya. Parece ser que había habido un cambio en el testamento que seguramente le excluiría de percibir algún tipo de bien de los difuntos.
No pude ver el final de la actuación, tenia que volver al trabajo, pero supongo que habría sido interesante.
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