Estaba nervioso, no por el hecho de hacer algo ilegal, o de hacer daño a alguien, seguramente a más de una persona. Tampoco era el hecho de que su sangre rebosara de todo tipo de drogas para alterar su percepción y sus reflejos. No sabia que era lo que provocaba aquella sensación, ese hormigueo en las manos, esos pequeños vahídos, ese rugir de estomago y esa necesidad de tener que morderse los papos desde dentro. Tampoco iba a estar intranquilo o tener miedo o remordimiento, ni siquiera después de hacerlo, a fin de cuentas no era la primera vez. Pero siempre estaba intranquilo en los momentos previos.
El sitio donde había tenido la suerte de enviarle hoy, su poco legítimo trabajo, parecía sacado del celuloide. Unos bloques apiñados, a los que se accedía por medio de unas escaleras semi-exteriores, al más clásico estilo de la masificación japonesa. De repente pensó – las puertas de todas estas casas dan directamente al exterior – Cualquiera podría escribir una extensísima historia paseando por estos hormigueros gigantes. Las puertas eran como de papel de cebolla, y las paredes poco más. Se escuchaban gritos, gemidos, discusiones, ruidos de cocina, sonidos desconocidos, músicas de todos los tipos y hasta charlas entretenidas, muy de vez en cuando.
Había llegado a la habitación, 340, el cero colgaba del tornillo inferior del número. De esta puerta no salía ningún sonido, solo podían ser dos cosas, y las dos eran malas. La primera que la persona que buscaba no se encontrase allí, la segunda que le estuvieran esperando. Bueno, podría estar durmiendo también, pero dada la hora, y los marrones en los que estaría metido (habían pagado una sustanciosa suma por su vida), no parecía la opción más lógica.
Miró por todos las rendijas o agujeros por donde podría salir la luz, pero no había rastro de actividad alguna. Esto lo enfadó en cierto sentido, ahora tendría que forzar la puerta, normalmente al mínimo indicio de actividad desembocaba en patear la puerta y entrar como un ángel redentor sesgando cualquier indicio de vida, así le gustaba verse. ¿Le crecerían las alas rotas algún día?
Al entrar escuchó una serie de respiraciones profundas – no conviene fiarse de la lógica – efectivamente, el condenado dormía plácidamente. El apartamento tenía un aspecto deplorable, entre trastero y contenedor de basura. Al acercarse al hombre tubo la ultima reacción relacionada con el nerviosismo, consistía en algo parecido al vértigo, como esa parte del vómito que hace que unas extrañas ondas recorran el torso. Apretó el gatillo de su automática con silenciador, sus pensamientos se esparcieron como los sesos de aquel personaje por la habitación.
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