20 enero 2007

Viento

El viento soplaba y con el todas las hojas eran arrastradas por las losetas del suelo animadas por su embriagador impulso. Sentado en aquel banco, con la mirada puesta en el suelo, deba comienzo a la orquesta de sus ideas. Saltaban de aquí para allá, como salmones remontando el río hacia una muerte segura. Los coches pasaban por la carretera justo en frente de el, a su paso arrastraban las hojas, que recorrían de nuevo parte del camino en dirección opuesta. Y así volvía una y otra vez a aquel pensamiento reiterativo, que le machacaba el cerebro como un niño que disfruta destrozando algo con un martillo.

Ya no existía el paso del tiempo, solo podía medir las cosas de una forma consecutiva o ramificada, pero sin orientación temporal. Intentaba anular la percepción de todos sus sentidos, meterse en una caja de cristal donde no notara el cuerpo, donde todo fuera blanco y nada se pudiera distinguir de nada. Todos eran la misma persona o cosa. No todos formaban un todo, una gota en el océano. Y sus conciencias se apareaban como demonios bíblicos, y repartían su ser entre los millones de estrellas cercanas. Estrellas brillantes como despertar sabiendo que puedes seguir soñando.

La música empezó a sonar. Primero unos compases asíncronos, y luego todo empezó a sonar con el repicar de las gotas de lluvia. Siguió allí sentado, los pocos peatones que poblaban la calle, corrían como si les persiguiese un violador o alguien con la cara desencajada y un hacha en la mano. Las gotas empezaron a deslizarse por sus patillas, y el pelo empezaba a absorber parte del agua. Al rato, aun con la mirada en el suelo, estaba completamente empapado y chorreaba como el ala de un tejado.

La oscuridad hizo que todo brillara por los reflejos del agua, pero solo estaba el alli para verlo, que más daba.

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