Fugazmente ella paso por su recuerdo. Y de repente al pensar en ello, se dio cuenta de que había salido de es gran agujero. Esas lianas que lo ataban de pies y manos le liberaban al fin. Unas marcas de resentimiento y de dolor marcadas en sus muñecas y sus tobillos, como si realmente existieran esas lianas. Pero ahora estaba libre, no podía dejar de sentir dolor, pero al menos podía vagar entre los nuevos deseos que crecían dentro, muy adentro aun.
La manta uniforme y agradablemente tibia que el sol dejaba caer sobre el, como sin esfuerzo alguno, había empezado a dibujar una pequeña mueca de sonrisa. O tal vez había sido aquel niño que había tropezado torpemente, y miraba a su madre desde el suelo con la cara desencajada de la risa, como si se hubiera dado cuenta del error que cometido y hubiera decidido aplacarlo con el mejor humor posible.
¿Por qué siempre quería morirse? ¿Cómo le había sido tan fácil entrar en esa espiral, de la ahora era tan difícil salir? Pero ahora creía estar a medio camino de salir, de escapar por fin de ese centro oscuro que no hacia otra cosa que atraerle y hacerle tanto daño. Encendió un cigarrillo, el humo paseo por sus labios y entre sus dedos, esos que antes pasaban tanto tiempo en contacto con tu piel, con tu pelo y tu nuca. Ahora eran los dedos que solo tocaban cosas inertes. Parte de esa muerte se le había contagiado, quien sabe si por la manos o por donde, pero su cuerpo empezaba a responder de nuevo.
¿Y el odio? Si, el odio también se despedía de el, con paso firme se alejaba, aunque reaparecía por otras razones, pero menos irracionalmente.
Se miró los pies, siempre se miraba los pies era como un signo de personalidad, o de separación de la realidad, como cuando un niño se esconde tapándose los ojos. Aquellas miradas extrañas a veces le hacían perder la concentración en lo que realizaba o pensaba. Se levanto y siguió un camino improvisado entre los árboles y el césped. No sentía que estuviera caminando, era como ver un video, como estar colocado o tal vez como si te hubieran quitado un gran peso de encima. Miraba sus pies, de alguna manera inconsciente era como estar dentro de él, pero sin sentir físicamente lo que ocurría.
Ahora sus mareadas ideas se habían posado en otra cosa. ¿Estaría otra vez dejándose atrapar? No quería aceptarlo pero a la vez no podía huir de ello.
“Quita una pena otra pena;
un dolor, otro dolor;
un clavo saca otro clavo,
y un amor quita otro amor.”
J. A. Fernández Bañuls
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