01 febrero 2007

Terceros

El día empezaba a pasear por las calles, encerrando esos rincones oscuros cada vez más. Mientras, dentro, seguía durmiendo. No lo tenía muy claro porque sucedía pero siempre que intentaba madrugar para algo nunca lo conseguía. Al principio si, se despertaba con facilidad, pero en cuanto pasaba una temporada le costaba mucho más. No era el caso de hoy, simplemente había olvidado poner algo que le despertara.
Sabía que llegaría tarde, pero le importaba bastante poco, la verdad es que no le importaba nada en absoluto. Tenia un poco de resaca, resaca casera. Busco desnudo por la habitación algo que ponerse, se aseo y se lió un cigarrillo. En escasos veinte minutos estaba preparado para salir, pero seguía sentado en el borde de la cama, mirando la almohada como si quisiera seguir allí aun. Pensó un poco en todo lo que no había dicho, y hubiera querido, el día anterior y se calzo las zapatillas. Encendió el pitillo, la primera calada de hoy, pensó.
Ahora pensaba en como se encontraba ayer por la tarde, cuando le dieron aquellas arcadas. No pensaba que algo le hubiera hecho daño, al menos de la comida. Busco las llaves en el bolsillo y cerro con llave al salir. “she stole the keys to my home and then she lock herself out”. Se puso los cascos.
Es curioso, a las ocho hay muchos menos policías por la calle. ¿Quién sabe? Tal vez halla menos delitos, o tal vez a ellos tampoco les guste madrugar. Penso en aquel local cerca de su casa en el que descargaban y cargaban cosas en furgonetas a las tres o cuatro de la mañana.
Llegó al anden, ¿la gente que promociono la creación de los primeros trenes se les pasaría alguna vez por la cabeza que esto llegara a ser así? Torniquetes de metal por donde pasabas un trozo de cartón por el que pagabas dinero. Miles de túneles bajo tierra que llegaban a unas vías que se introducían en la profundidad oscura del interior del subsuelo y que solo salían al exterior cuando ya te habías alejado suficiente de la ciudad, como topos extremadamente precavidos. Entonces podías mirar el paisaje, como en los primeros trenes, porque en esos subsuelos solo se veía oscuridad, cables, pasillos que daban a puertas secretas, alguna que otra luz para el mantenimiento y otros túneles que cruzaban, como calles desiertas donde cualquier ser sobrenatural puede saltar hacia ti de lo más profundo, de lo negro.
Subió al tren los dos primero vagones estaban semivacios, pero el tren siempre se pasaba de largo en esa parada, el andén es enorme, y siempre acababa subiendo en el tercero o así. Como este estaba más lleno decidió pasar al siguiente, allí se sentó tranquilamente en uno de los asientos plegables de al lado de la puerta. Saco el libro y se puso a leer. Al principio no le había gustado la simplicidad de la escritura, razonable que el protagonista estaba en una edad temprana, pero ahora se había enganchado de alguna manera extraña al personaje, y disfrutaba leyendo, aunque le entristecía que esto le hubiera ocurrido casi al final del libro. Cuando el tren se decidió a salir a la superficie, alternaba el libro con los paisajes, algo de lo que disfrutaba ya que aun no se había aburrido del recorrido.
El trayecto se hizo corto, normalmente así solía ser. Guardó el libro a cinco páginas del final y salió a la calle.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

estraños son los paisaje que describen una monotonía encerrada, no obstante, se hacen únicos y especiales por el mero hecho de recabar en los aspectos más pequeños de dicha rutina, que son los que hacen que al final un día sea distinto del otro...

KrKvF dijo...

k seria de nosotros sin esos momentos... k seria de la vida sin esos momentos... la respuesta es demasiado negativa para pronunciarla