24 mayo 2013

Navegado

Salimos mirando al sol con las retinas liquidas nos preguntamos el porque de tanta estupidez automática. Cuantas barreras cuantas trincheras cuantos saltos de vara a ningún sitio o tal vez al siguiente precipicio, y todo sin la ayuda de nadie, ya que a esas se añaden las que los demás imponen sin nuestro control. Y aun así nos mantenemos, a veces nos creemos sobre las circunstancias como si tuviéramos sobre ello control, una de tantas falsas experiencias que nuestro cerebro nos presenta como abanico que intenta aliviar la frustración. Como apagar las ascuas con un fuelle.

Pero que seria de nuestra maquinación constante sin estos obstáculos que salvar, hay quien piensa que seriamos felices, como si la felicidad fuera un estado y no un proceso. Falsas sensaciones falsas apariencias trampantojos patadas en las espinilla y levantarse para estrellar la cabeza con la esquina de la puerta de un mueble abierto. Y aun así perseguimos el estado. Veo a mis compañeros en esta carrera, como les cuelga la lengua y les cuesta respirar y algo me nace, una pena, un no comer, un espacio insalvable. Lágrimas de sal y rabia. Pero no hay nada que pueda hacer, unas palmaditas, que no se sin dan ánimo o lo quitan.

Y ya veo cada vez menos efecto en estos esfuerzos y por lo tanto la incidencia sobre la recompensa que solía generarse se va descomponiendo como los ratones devoran los mejores libros y los convierten en polvo dejando en el olvido todos esos malabares.

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