Miras la sangre, olor a pensarte en grises, la herida palpita en presencia cuerpo extraño del que tiran indiferencia y recuerdo al tiempo de cada extremo. Esa bola de cristal con miles de caras y recovecos, con cada perfil que se gira para mirame y sonreír, hace ya noches sin dormir que estalló en miles de estacas. Estacas afiladas de cristal, con pequeñas escamas que desgarran la piel mientras toda esa sopa hirviendo de emociones que no quieren hablar, tiran de todos los hilos de este cuerpo marioneta que baila muy perdido ya, fuera del compás, y con un ademan de ahogada penitencia.
Así que la mayor parte de las veces no queda más remedio que tirar, puedes gritar, patalear, llorar, maldecir, dar saltos en espiral, no importa, duele antes durante y después. Y tengo la sensación de que nunca saldrá de ahí
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