Abrazamos el aire vacío, intentando tal vez sentir pertenecer a algo que no sea el olvido rumiado y escupido al suelo con la fuerza e inercia que imprime la frustración. Y ese pequeño punto de luz de dentro, que nos empuja hacía delante, parece la llama de una vela casi extinta, parpadeando y oscilando sin viento alguno con la amenaza constante de dejarte en la más completa oscuridad.
Los días huelen raro, como si una mancha de petroleo putrefacto se hubiera refugiado en el olor del verano, y la humedad que se evapora del suelo y los vegetales se tiznara de sucia desconfianza dejando un ambiente enrarecido lejos del recuerdo humano del verano adolescente.
Serpientes e insectos se alimentan en mi interior, hasta que ya no quede nada. Entonces todos saldrán en estampida dejando lo poco no masticable que quede.
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