08 septiembre 2013

Benasque

Olvidada la esencia de las cosas más simples, hemos contaminado cada célula con el hedor persistente del rencor y la malicia. Atado una anilla a cada articulación y fijado al suelo con sedales, luchamos inútilmente contra el enemigo invisible. Se ha de plantear el ser entonces, una fuerte limpieza a cepillo de madera y jabón de tierra. Volver a medir cada escala ya asegurada, empezando por la sutil facilidad con la que la tierra nos premia, si nos aseguramos en el lugar idóneo, esas encastradas viejas ataduras saltaran por si solas.
Entre los gigantes muros plantados de masas de pinos fuertes, piedras de avalanchas y aludes y mantos húmedos en cielo y tierra, serpentean los caminos transitados rara vez y con la esencia de la vida casi sin manchar, cruzados por animales de ojos vivos, y bajo el reflejo de tejados negros brillantes. Te ata un nudo por encima de la cabeza y te agita removiéndote por dentro y despertando la parte que había quedado cubierta de imbecilidad. Te tambaleas ojiplático de un lado a otro, y cuando por fin crees haber recuperado el equilibrio, te golpea entre la negra oscuridad con el mayor espectáculo de candiles titilantes en el cielo que puedas presenciar, mientras te alumbras los pies para no tropezar.



Es difícil definir ese estado hipnótico, tal vez por eso es mejor vivirlo.

1 comentario:

Alkarinkwa dijo...

Es leer, lo que mi razón y mi materia perciben y sienten, en un pasaje que no llegué a escribir. Reconocimiento.
Gracias.