Las lanzas del sol empalan las nubes y se clavan en la tierra, que respira bajo los pies, consciente de su gran labor. Danzan con sus claro oscuros, corriendo sobre la superficie, como las sabanas de los muebles de casas deshabitadas, Acarician a ratos el nogal que se había retorcido durante años por seguir con vida, el viento le arranca sus ultimas hojas muertas, que besan el suelo en su ultimo adiós mecidas por un viaje de tirabuzones.
Las sonrisas se agrietan con el polvo seco del ardor muerto, del anzuelo arrancado en lugar de destrabarlo con el cariño y respeto que exige el escombroso dolor que ha quedado fijado como la cuarta capa de papel de pared, de la incertidumbre de la caída en el oscuro vacío, del deseo de llegar al fondo y tragar todo el lodo, todo lo toxico, y renacer como un rayo de luz refractado, que muestre todos los colores que exige este espíritu remendado, que olfatea en círculos el amor que no pregunta como o por que. Solo el ser, disolviéndose como gasolina en un charco.
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