Masticando lentamente el desayuno y con paso de procesión, caminaba esquivando los infernales rayos del sol que mantenían la ciudad a 30º a las diez de la mañana. De pronto una voz familiar suena eléctrica a mis espaldas, ruta en forma de orden la frase por todos conocida, “a doscientos metros gire a la derecha”. Por la izquierda, cual deportivo en la autopista, adelanta uno de los bien llamados ejecutivos agresivos, con el pinganillo colgado de la oreja o bluetooth handsfree como seguramente lo definiría él mismo, no por ser de habla inglesa sino por parecer más profesional, y agenda, tablet o tableta, no de las de turrón, con una pantalla mas grande que su cara, indicándole el camino a seguir. No aparta la mirada de la pantalla, que ahora no solo es más importante que el propio mundo real que le rodea, sino que es su único faro salvador en el laberíntico mundo de las calles de la ciudad.
Con la mente extasiada en el descanso, las primeras imágenes que aparecen son las del nuevo presidente que consiguió su puesto ganando la liga de futbol “profesional” o el de los androides mando intermedio dando órdenes con el dedo índice a su rebaño de imbeciles humanos.