Arriba, apostado en la roca, con los pies llenos de barro y desordenado por dentro, mira al vacío. En el fondo la muerte materializada en un remolino de agua espumas y rocas. Bocanadas de pequeñas gotas soplan hacia arriba, dejándose llevar mientras pierden fuerza, olvidando poco a poco hacia donde partieron alguna vez.
Un árbol amontona tierra entre sus raíces y las rocas, simbiótico con el paisaje. Sus ramas retorcidas y resquebrajadas por la sal, esencia de la superación, dibujan los caminos, las elecciones, los finales; cada rama una historia, cada centímetro huella de días. Estoico permanece firme ante el paisaje, al borde del abismo, pero confiado.
Suele soñar que despierta en otros sitios. Suele olvidar que mientras duerme sueña. Suele dormir mientras piensa. Y piensa en sueños inalcanzables. Las gaviotas ladran a su alrededor, celebran su testarudez con graznidos irónicos. Cuentan de sus banquetes putrefactos, que tanto disfrutan, y el ríe por dentro. Sus inalcanzables son la fuerza de sus raíces. Sus anhelos, las líneas curvas imperfectas de sus ramas.
Una ráfaga de viento deja agua en sus pies, y por un momento solo se escucha el ruido de las olas.