26 agosto 2007

Sonido salado

Sonidos bastardos, sonidos malsanos, sonidos enlatados, sonidos. El aire mueven a su voluntad, se comprime y se expande a espasmos, dudando entre cada impulso y el siguiente. Puedes cerrar tus ojos, pero no tus oídos, ni tapándolos, solo consigues otro pulso, el propio del cuerpo, con un hilo musical de lo que intentabas evitar. Palabras que no se deberían decir, que no se deberían escuchar, a veces el resultado de hablar o no decir nada apenas varia, por eso se guarda silencio. Por eso a veces las cortinas están echadas y las persianas bajadas, y apenas importa ya cualquier cosa.

¡Qué pasa cuando no puedes olvidar la sal!, se mezcla con la lluvia y escuece en los ojos, lo puedes notar en la boca y tarde o temprano lo sentirás en cada poro de la piel, sal. Intentas controlarte, pero solo consigues una serpiente lazando tu cuello siseándote todo lo que no quieres escuchar, lo que quieres controlar te destruye poco a poco.

¿A que viene esa prisa por dominar la propia vida, por controlar cada acontecimiento de futuro? ¿Acaso hemos olvidado que estamos aquí para aprender todo lo que podamos? Pero el soldado se cansa, se recuesta en una columna carcomida por el tiempo y le pesan las ropas le pesa el cuerpo y le pesa enormemente, como un lastre, su conciencia. Derribado por completo, por una lanza imaginaria, sus pupilas se engrisecen pedantemente con el tono gris de la muerte, y en un suspiro de agonía infinita; se va.

No te creas tus mentiras. Retumba en las paredes de la cabeza

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