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Dossier, saco los folios uno a uno. Los extiendo sobre la mesa y las líneas corren en todas direcciones. La cortina de láminas mezcla el aire de motas de polvo y rayos fijos, cuesta respirar en la densidad.
Las historias de los papeles me observan, me miran a través de sus manos agitadas delineando lo que sus mentes esquivas podían seleccionar de toda esa complejidad indescriptible. Y hay un tic nervioso en el dedo meñique que informa impaciencia. Extiendo la mano, la mesa está fría pero las letras sobre el papel no tienen temperatura, están exentos de tal propiedad, la absorben de lo que esta en contacto con ellos al modo en que los virus toman vida propia sirviéndose de la vida.
Tenía miedo de las historias, pero no más que de él mismo. Romperse la cabeza contra el marco de la puerta le había hecho recapacitar sobre este hecho. Se dedicaba a tachar lo inaceptable, ese era su trabajo. Y en cierto sentido sabia que eso mismo era lo que le hacia estremecerse de las ideas destructivas que llegaban a crearse en su cabeza.
De fondo una pareja discutía a voz en grito, de vez en cuando se escuchaba a un niño gritando, la discusión había empezado por él. El chico quería bajar a la calle, a cambio recibió una de esas lecciones de la vida. No importa cuales sean tus intenciones al decir o pedir algo, siempre pueden ser mal interpretadas. A cambio puedes obtener el choque que producen las frustraciones de los demás.
Intentaba recordar cuando había descubierto por primera vez esto, buscaba en su almacén, sacar a la superficie ese recuerdo.
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