07 octubre 2013

carreteras de sentido único

Se levanta la corriente y las ondas padecen la simetría de los colores compuestos de la respiración de los cuerpos que han encontrado las ranuras que los hacen volar en tirabuzones en cada ensueño, de la calma que seda cada micra de cada nervio, despacio como el latido de la tierra pero con la fuerza de los huracanes tsunamis y terremotos.
Las palabras se vuelven dardos con el mejor veneno, cuchillos afilados que no hacen daño, suspiros que calman el pecho y levantan árboles hacia el cielo en la carrera interminable de transformar la luz en vida a partir del sustrato tiznado de rojo y brillo a sus pies.
Y será, y es, porque no hay nada que podamos hacer sino gravitar en círculos sobre el vacío hasta colisionar o salir despedidos en direcciones opuestas. Y siempre merecerá la pena, más que las dudas, más que el tiento de olfatear ni siquiera de cerca la absurda idealización de ese fuego brutal, más que la imagen de alguna estrella fugaz inalcanzable que desaparece en el cielo, mas que reanimar viejas secuelas. Porque ahora estas aquí, dentro de los pulmones, dentro de las venas y en lo más profundo del cerebro, enganchandote en las grandes redes sensoriales y anclandote en nuevos y viejos caminos, canciones o brillos.

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