29 septiembre 2013

Desorden natural

No hemos sido consciente de la historia que hemos escrito en cada ola del tiempo. En ese tomo han quedado recopiladas, manchadas por el miedo, corridas por las lluvias torrenciales, desbrozadas por el desuso mas apático. Estirando las puntas de los dedos, intentando tocar los cielos, durante horas, durante días, durante lunas, con el bebe rozando los planetas del móvil de su cuna, su universo inalcanzable y su deseo intrínseco e inalienable. Y el calor conforta su rabia y duerme su apetito voraz de abrazar la eternidad intangible.
Duermo en este grito que consuela el vacío y el silencio de días escudriñando cada pagina en las olas, llorando por no reconocer las palabras escritas y a veces de alegría por no ver ya heridas. Mirando las cicatrices, se levanta una brisa y la hierva parece estar creciéndote en los pulmones, los arboles hablan entre ellos y no puedes evitar levantar la cabeza. En ese vasto rincón donde tu cuerpo pesa menos, tu mente deja de reptar para fabricarse sus propias plumas y tu corazón se alivia en cada trago de sangre.

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