Es un día extraño, el despertador no suena, y hay una sensación como de haber dejado sin hacer algo que debías. Al despertar la luz entra por los quince centímetros de ventana descubierta y las paredes blancas reflejan ese calido color del sol. Iré a trabajar, pero eso será después, estoy extrañamente en tensión, por alguna razón ilógica, pero lo estoy.
En el coche tampoco hay prisa, he salido con demasiado tiempo y apenas ahí trafico, comparado con el de dos horas antes. El polígono es como todos, olvidado, en medio de la nada, con esquinas que acumulan un color negro que no es el de las sombras, desiertos y repletos de bloques de hormigón y chapas de metal. Edificio cristal, allí es donde voy.
Cruzo la carretera, un coche intenta acabar conmigo, continuo rodeando el edificio. Sigo con esa sensación de pensión, ahora se refleja en que no puedo dejar de apretar los dientes, como un cepo. La indicaciones son bastante claras y llego al primer mostrador:
- Tenía una cita, para una revisión.
- ¿Tienes el – gesticula con las manos algo rectangular – papel?
Suelto el papel, con ese trazo absurdo, encima de las líneas de punto totalmente rectos y la tipografía de una impresión truetipe, se ve salpicado el caos irregular de mi caligrafía absurda, en la que intenta responder a cada etiqueta.
- Pase por allí
La habitación esta repleta de sillas con mesas que despliegan una superficie para escribir desde el reposabrazos izquierdo. Siempre pensé, sillas de universidad…
Dicen un par de nombre que nunca conseguiré recordar y los pocos habitantes de la habitación van saliendo, otros entran, algunos se aguantan una tira de esparadrapo en la vena.
Todo va muy rápido, un examen superficial, un examen de vista, entrega de la muestra de orina y un pinchacito que se convierte en una vena atravesad de lado a lado. Me cuesta doblar el brazo.
Vuelta al trabajo, y es como estar en una pecera, el tiempo se detiene y los principios del absurdo empiezan a cobrar vida a pasos asilvestrados, cercenando cualquier prado de la mente donde descansar.
Ahora estoy otra vez en la nada, los coches zumban por encima en la autopista, el viento sopla levemente y el sol me da lo suficiente para tener una sensación calida agradable. El movimiento de dos obreros centra la mirada en la entrada de un campo de fútbol en construcción. Un recuerdo de He Zhiwu y de cómo ella no quiso venir aquella vez, aunque se quedara hasta el final. Y lo mejor “de repente…”; todo esto pasa en cuestión de décimas de segundo.
Quería decir lo que estaba pensando, quería poner los gestos necesarios para poder explicarlo. Pero estaba allí con la mirada fija sobre el polvo en suspensión, los ojos picaban, y el cuerpo como atado con mil cuerdas imaginarias. Nada llego al teatro de la vida todo se quedo en representación interior.
A veces olvido las cosas, entonces dejo unas frases sueltas y puedo sacar de las palabras clave, como el sonido de la campana y las rodillas recuerdan la bicicleta, todo el hilo y sus ramificaciones.
Pero noto como todo comienza a desintegrarse. Estoy otra vez hablándome, diciendo tonterías, perdiendo el tiempo y solo. Esa es la vida que esperabas ¿no? Hay días que me cuesta reconocer quien soy.
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