Un vaso de cocacola en la mano y no contiene tal cosa, solo una mezcla aceitosa de un alcohol con un fluido amarillento azucarado, y uno de tantos yos dice “Voy a matarte” otro dice “Abre la ventana deja que la calle entre y tu salgas” y otro “Descansa, duele este pinchazo continuo, ¿no?” y otro “Demos un paseo por la calle” saliendo desde lo mas profundo “¿No tenias que decir…?” enganchado a la cola de este “¿Qué cojones haces con tus horas?” y otro contrario a este pero no precisamente en defensa “Dejadnos en paz, solo queremos tranquilidad” y otro que calla, solo observa. Qué raro que un vaso de cocacola no contenga cocacola. Hoy no quiero escucharos, hoy no quiero ser títere sin cabeza, no quiero que me pasen el brazo por detrás del cuello y cerca de la oreja me digan, “tranquilo el tiempo lo cura todo”. Y tal vez este sea el otro, el que hablaba sobre las horas, y quiero decirle que se marche, pero me hace el mismo caso que yo a él.
Escucho la música, durante unos segundos todo esta sordo y mudo, pero envuelto por esa materia casi perceptible al tacto que deja la armonía. Las palabras empiezan a crecer como hierbas salvajes y más tarde como árboles, ramificando todas sus denotaciones y significados ocultos tras la ambigüedad del lenguaje. Tantas cosas por interpretar que este no puede, duele, y no es falta de vocabulario, sino imprecisión practica.
No se si se me olvidó algo, creo que era lo que queríamos expresar en aquel momento, hace pocas horas. ¿Horas? ¿Que será esto?
No importa, siempre podré descubrir accidentalmente a la luna y el sol en la misma cama
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