25 marzo 2007

El pájaro del silencio

Érase una vez un pájaro, libre como el resto, que podía volar en la dirección que eligiera, aunque esta siempre estaría supeditada a razones externas, pero que solo podía imprimir en sus palabras o sus sonidos, silencio. Viajaba de un lado a otro intentando entender los sonidos que los demás propinaban al aire sin el menor esfuerzo, no solo los de los pájaros, luego intentaba expresar sus palabras insonoras pero nadie comprendía esta lengua extraña.

Seria fácil entender que este animal vagaba solo por su universo conocido, y por el que conocía aleteo a aleteo, pero no era así. Los parásitos que vivían en sus plumas eran como la música del día y la noche que ensamblados por el dolor y el sufrimiento inamovibles dejaba poca esperanza a la lucha o la desinfección. En cierto modo había llegado a entender la razón de sus compañeros de viaje y aceptaba sus pinchazo como quien bebe un baso de tequila, incluso a veces tenia ganas de llorar (si es que los pájaros hacen tal cosa).

En uno de sus amaneceres, una de tantas cosas que poco a poco va tragando ese agujero negro de la memoria, conoció, tal vez, a algún otro animal que sabia componer esas palabras vacías en un idioma entendible, en un verso de laderas de hierva alta y flores de un solo tallo que el aire mueve, como si la tierra dejara su melena al viento en un gesto de pasiva tranquilidad. Pero con el tiempo estas traducciones se hacían más a la ligera, se malinterpretaban unos símbolos con otros y en ocasiones llegaban a ser canciones contradictorias; entonces aleteaba con todas sus fuerzas dejando un adiós disuelto en el silencio del viento.

El pájaro, escarmentado por estas escenas incomprendidas del pasado, empezó a albergar en si mismo una de esas bolas de masa negra que se alimentan de cualquier cosa y lo convierten todo en su propio cuerpo para ir creciendo, ésta era el odio. Al principio hacia el mismo, luego hacia todas las cosas. Ya no importaba que sus palabras fueran silencio o no, eran tan desagradables que aunque alguien las entendiera se abstenía de seguirlas.

Cuando sus alas se cansaron por fin de volar, cuando por fin llegaba su momento, eligió un sitio donde dejar sus últimos suspiros. En un pantano, que ahora representaba todo su odio pegajoso y denso, donde parecían flotar unos árboles, con las raíces en forma de cúpula, como suspendidos sobre la ciénaga. Sus brazos y troncos rollizos y sus cortezas retorcidas y en los huecos donde la humedad lo permitía pequeños lechos verde blanco azulados pintaban estos gigantes de madera, que solo tenían a modo de pelo, una reunión densa de hojas en la parte superior. Se posó finalmente en uno de estos lechos, cansado ya, y se dispuso a dejarse llevar. Entonces primero el árbol en que se había posado y después todos los demás, empezaron a entonar una nana, de las que hacen que todo lo físico deje de existir y se encuentre uno mismo flotando en la perfección justo antes de caer rendido en el sueño.

Para el ese momento fue precioso, y a la vez una bofetada a su existencia, puesto que lo que percibía ahora, solo ahora se daba cuenta de que lo podría haber tenido siempre que hubiera querido. El pantano empezó a emitir una luz propia y la oscuridad del paraje pronto desapareció, como silbidos lo rallos pasaban de un lado a otro y pronunciaban sombras aquí y allá. Los árboles pararon su canto y entonces suspiraron aliviadamente para solo dejar las palabras lentas del roce de sus hojas.

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