Hacia frío, pequeñas corrientes de aire se filtraban entre las varias capas que le cubrían. Sentado en la piedra plana que formaba el suelo de la cueva, miraba al exterior. El viento arrastraba la nieve como una mancha gigante de niebla, eso es lo que parecía a lo lejos. De cerca era un torrente de copos y hielo.
Miraba la franja de diferenciaba los dos únicos colores que se diferenciaban. El blanco del suelo y el blanco sucio del cielo. Se reflejaban en sus ojos como un cristal, el espejo del mundo quedaba allí, aunque nadie podía verlo. Miró sentado durante horas, esperando, esperando que algo apareciera, a que pasara algo, a que apareciera alguien. El cansancio le iba venciendo y sus ojos cayendo. Se reclino sobre el costado y aprovechó un bulto como almohada.
Pensaba en el desierto, pensaba en el calor, pensaba en la arena y en las playas, pensaba en la selva, pero al separar los parpados volvía el blanco, y el blanco sucio, y sus sueños volaban con la nieve.
Se despertó repentinamente, lo único que recordaba era un puñal contra su garganta, se puso las manos para cerciorarse de que todo había sido un sueño. Intentaba encajar lo que había ocurrido, pero estaba todo dispuesto en su mente como un caos de flashes, imágenes, tactos, sensaciones y olores. Recordaba el calor, y el fresco mezclado con el olor típico de las casas de adobe. ¿Cómo había llegado esa idea a su cabeza? Nunca había pisado ninguna de esas. El tacto de aquellas ropas ligeras que nunca había llevado, el olor del incienso del que solo le habían hablado.
¿Había estado allí realmente? ¿Podría volver alguna vez? El miedo y el terror que lo habían despertado no le alejaban de la idea, el blanco eterno era mucho mas fuerte y atenazante que el miedo del acero.
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