19 febrero 2007

Cuento del pasado

Lo recuerdo como un lugar verde y marrón, color naturaleza, con los rayos de luz más astutos que habían conseguido esquivar todas las ramas del techo de árboles para posarse en el agua, en las hierbas y en las alas de las libélulas y de los mosquitos. Todo parecía poder seguir funcionando sin nuestra presencia. Pero yo notaba que aquel lugar, aparentemente oscuro en algunos rincones, sentía que podía haber sido parte de esa burbuja de vida.

El ruido de cristales de agua chistaba por todo el lugar, rebotaba en las hendiduras de la corteza de los troncos. Dejaba un aire de pasividad y tranquilidad, donde poder descansar indefinidamente hasta que la corriente del río limpiara todos y cada uno de los rincones de nuestra encorvada mente. Un chirrido de cigarras, o algún animal similar, brotaba del suelo, que olía a verano hasta lo más profundo.

Hacía un calor espantoso y el canto del agua nos llamaba desde el cauce del río, nos invitaba a que apagáramos nuestro sofoco allí dentro. Nos acercamos al borde del agua, y sin pensarlo dos veces me zambullí en el agua. Recuerdo a cámara lenta el contacto con el agua. Una sensación que comprimió mis pulmones cortando instantáneamente la respiración acompañada de un agarrotamiento de todos los músculos fue lo siguiente. Por el poco aire que conservaba en mi interior salí a flote de nuevo, aunque yo ya pensaba que había muerto.

Al principio no había comprendido toda esta confusión, básicamente es que el agua estaba helada, ya que ninguna parte estaba lo suficientemente estancada como para absorber el calor del sol. Después nade por allí unos minutos, me dolía todo el cuerpo y no podía parar de hacer castañetear los dientes. Pero me sentí por unos segundos más vivo que de costumbre, a pesar del color azulado y amoratado que estaba cogiendo mi cuerpo.

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