-¿Dormirías aquí para siempre? – Ella se acomodaba entre sus piernas apoyando su espalda en su pecho y con la cabeza inclinada hacia uno de sus hombros, miraba como se fundían los dos azules, allí en el infinito.
- A veces sueño con este momento. – Cerró los ojos, los reflejos del mar habían quedado fijados en su retina, miles de células se recomponía de la muerte de sus compañeras cercanas.
El mar rompía contra las rocas, y un viento cargado de pequeñas gotas de esa extraña fuerza natural, subía en espirales de viento caprichoso y se posaban distraídamente sobre sus caras, sus dedos, que tanto unos como otros querían abandonarse juntos. Y con este mismo capricho subía hacia él aquel aroma de encuentros, de ilusiones y decepciones, de imágenes para toda la vida y sensaciones para guardar en ese baúl que nos acompañara hasta el último día de nuestras vidas. Aquel olor que decía soy yo, estoy aquí junto a ti, puedes cerrar los ojos mientras yo cuido de ti. Se reclino sobre la roca y cerró los ojos.
El calor de ambos flotaba entre los pliegues que separaban sus cuerpos haciéndolos estar aun más cerca de lo que estaban. Los dos cascarones seguían allí, al azote del viento y del mar, pero sus mentes empezaban a elevarse hacia el cielo azul, donde se esparcían los últimos rayos de luz.
Cuando todo se oscureció eran dos estrellas más.
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