Como una caída libre de miles de metros, con esa presión extraña en las venas, el estomago resuena, la tilde del tiempo se retrasa en decreccento. Las abuelas miran el periódico en los asientos metálicos del metro, un señor alto, de pie, juega con la bola plástica del cordón de su abrigo. Las nubes ennegrecen y la mezclan con la prisa de los zapatos claqueteando por las baldosas lisas y brillantes.
Nada agota esa sensación, como si tuviera cuerda sin fin; y lo tiene. Y la música ayuda pero no siempre calma la sensación de espanto de esperar algo, esperar esperar. Todo volara, todo pasa, todas las ideas de bloqueo se curan, en un soplido todo puede desaparecer, y en otro puede reaparecer. Y aun asi fijamos cosas a las que esperar su llegada, no podemos evitarlo. Y nos podemos emocionar cuando la espera llega a su fin, y luego… Luego que ocurre. Luego buscamos otra meta que alcanzar otro momento que puede hacernos librar de la sensación de impaciencia que nosotros mismos creamos.
Y ciclando ciclando, el cuento vuelve a empezar, y todos dispuestos y preparados a seguir las reglas, al que se la salte le cortamos la lengua.
No hay comentarios:
Publicar un comentario