13 octubre 2006

Deidades y susurros

Donde se puede ser su propio dios

para encontrar las normas maestras

Donde vivir su desolación

y morir eternamente libre

ahogado

Para servir a la mendicidad

de su espíritu

y olvidar

meter la cabeza

e inundar sus oídos

de rabia adversa

Que es ese estado de ánimo

olvidado para siempre en mí ser

durmiendo las placidas nanas

de las flores amables del día

felicidad instantánea de luz

filtrada enrarecida verdad.

Sin animo de ser incoherente, y entre la música que distorsionaba estos sentimientos, avanzaba en el tren de su vida (como 2046 ahora estaba en la zona de frió) para encontrar la siguiente puerta. Dejaba que la sensación electrizara sus músculos, que los moviera una voluntad externa a la propia persona.

Pensaba que todo lo bello resplandece con un brillo irreal, que nos hace ver los pequeños defectos, los que se acaban convirtiendo en los importantes. También hurgaba en la idea de que mucha gente no pasa de este estado, que no conseguía convertir este sentimiento de rechazo en un guiño de individualidad. Que no interpretar esos defectos, ese brillo irreal de lo bello, era como no darse cuenta de la verdadera hermosura de lo bello.

Cada paso que daba se acercaba mas al delirio, los vaivenes del vagón enturbiaban la marcha de sus paso, por eso decidió sentarse un rato y observar.

(Ningún animal fue herido durante este proceso narrativo)

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